El pulso de lo incierto

 
Hay ocasiones en nuestras vidas en los que el tiempo deja de avanzar y comienza a latir. No se mide en horas ni en días, sino en respiraciones contenidas, en diagnósticos que no terminan de decirlo todo, en la espera prolongada que transforma lo cotidiano en un estado de vigilia permanente. El pulso de lo incierto nombra ese intervalo suspendido que se abre cuando un cuerpo de alguien cercano enferma y la vida entera queda a la expectativa de un resultado que no depende de nosotros.
 
Las obras que componen esta exposición no buscan representar la enfermedad, sino la experiencia de vivir la incertidumbre. La obra aparece aquí como un espacio de contención: un lugar donde el dolor no se expresa, donde la esperanza no se promete, pero insiste. Los colores, las formas y las atmósferas hablan con el silencio hospitalario, con la repetición de los días, con la fragilidad que se vuelve consciente cuando el cuerpo deja de ser una certeza.
 
Durante ese mes de espera, la mirada cambia. Todo se vuelve más lento, más atento, más vulnerable. Estas obras hablan sobre detenernos en ese pulso invisible que sostiene la vida aun cuando no sabemos qué sucederá. Crear y mirar, se convierten entonces en pequeños actos de resistencia íntima: una forma de acompañar, de permanecer, de afirmar que incluso en lo incierto hay una presencia que no se apaga.

 

 

f.ayurnamat@taexvi.org

Instagram: felixayurnamat

Sobre el tema de la obra

 

Muchas veces las enfermedades no llegan de manera súbita, sino como un horizonte que se oscurece sin ruido, igual que el mar cuando decide cambiar de humor. Nadie puede señalar el instante exacto en que el agua deja de ser amable; solo se sabe que, de pronto, el oleaje ya no responde a la voluntad del navegante. Así entra el cáncer en la vida de una familia: no como un golpe, sino como una marea que empieza a subir mientras fingimos que podemos tener el control.
 
La negación es un acto de supervivencia. Al principio, uno se aferra a la idea de que el barco es más fuerte que la tormenta, que la brújula aún funciona, que la costa está cerca. Se pronuncian palabras como probablemente, quizá, todavía no. Se cree que nombrar la enfermedad es concederle una existencia que tal vez pueda evitarse. Yo también creí que el silencio era una forma de protección, que cerrar los ojos impediría que el monstruo respirara bajo la quilla.
 
Pero el cuerpo no entiende de metáforas ni de pactos. El cáncer avanza con la indiferencia del océano: no odia, no ama, no se detiene a justificar su fuerza. Y entonces llega el momento, inevitable como la noche, en que la negación se agota. Aceptar no es rendirse; es, más bien, aprender a leer el cielo sin mentirse. Es reconocer que el viaje ha cambiado y que la travesía ya no se mide en distancias, sino en días compartidos, en palabras dichas a tiempo, en silencios que por fin se permiten ser sinceros.
 
La aceptación no trae calma inmediata. Trae una lucidez incómoda. De pronto, cada gesto pesa más, cada despedida parece anticipada, cada risa suena como un tesoro frágil. Acompañar a alguien enfermo es convertirse en vigía: se observa el mínimo cambio, el menor signo, con una atención que roza la obsesión. Se aprende que el afecto no es prometer salvación, sino permanecer firme junto al timón, incluso cuando el rumbo es incierto.
 
Y, sin embargo, en medio de situación de incertidumbre, aparece algo que no se deja hundir. La esperanza no es una ilusión heroica ni un optimismo ruidoso. Es una forma humilde de resistencia. Vive en los pequeños gestos: en una mano que se aprieta, en una mañana sin dolor, en una conversación que no gira en torno a la enfermedad. La esperanza es aceptar que no controlamos el mar, pero sí la dignidad con la que navegamos.
 
Uno como familiar, aprende que no todos los viajes están hechos para llegar a puerto. Algunos existen solo para revelarnos la profundidad de nuestros afectos y la verdad de nuestra fragilidad. El cáncer, con toda su crueldad, arranca las máscaras y deja al descubierto lo esencial. Nos permite mirar de frente la finitud, no como una derrota, sino como una condición compartida.
 
Al final, comprendí que acompañar no es luchar contra la tempestad, sino mantenerse despierto dentro de ella. Y que, aun cuando el océano sea inmenso y oscuro, el simple acto de no soltar al otro es, en sí mismo, una forma de esperanza.
 
Félix Ayurnamat.

EL CUERPO DIO AVISO

Acrílico sobre papel de algodón

20 x 20 cm

2025

CUANDO LA NORMALIDAD SE INTERRUMPE

Acrílico sobre papel de algodón

20 x 20 cm

2025

ESPERAS EN EL HOSPITAL

Acrílico sobre papel de algodón

20 x 20 cm

2025

EL PULSO DE LO INCIERTO

Acrílico sobre papel de algodón

20 x 20 cm

2025

EL SILENCIO DESPUÉS DEL DIAGNÓSTICO

Acrílico sobre papel de algodón

20 x 20 cm

2025

CANCER.

CUANDO EL NOMBRE DE LA ENFERMEDAD SE DICE EN VOZ BAJA

Óleo sobre tela

30 x 30 cm

2025

ENTENDER SIN COMPRENDER

Acrílico sobre papel de algodón

20 x 20 cm

2025

EN LA SALA DE ESPERA NO SE DUERME

Óleo sobre cartón

20 x 20 cm

2025

LA ESPERA

Acrílico sobre papel de algodón

20 x 20 cm

2025

DÍAS DE INCERTIDUMBRE

Acrílico sobre papel de algodón

20 x 20 cm

2025

EL QUIROFANO

Acrílico sobre papel de algodón

20 x 20 cm

2025

LAS HORAS MÁS LARGAS

Acrílico sobre papel de algodón

20 x 20 cm

2025

NADA ES SEGURO

Acrílico sobre papel de algodón

20 x 20 cm

2025

LAS NOCHES

Acrílico sobre papel de algodón

20 x 20 cm

2025

FE PARA TENER ESPERANZA

Acrílico sobre papel de algodón

20 x 20 cm

2025

UNA MÍNIMA LUZ ES SUFICIENTE

Acrílico sobre papel de algodón

20 x 20 cm

2025

TERAPIA INTENSIVA

Acrílico sobre papel de algodón

20 x 20 cm

2025

VIGILIA

Acrílico sobre papel de algodón

20 x 20 cm

2025

EL SONIDO CONSTANTE DE LAS MAQUINAS

Acrílico sobre papel de algodón

20 x 20 cm

2025

CAMINO AL HOSPITAL

Acrílico sobre papel de algodón

20 x 20 cm

2025

DE REGRESO A CASA

Acrílico sobre papel de algodón

20 x 20 cm

2025