Somos nosotros...
SOMOS LEGIÓN
En el corazón de esta propuesta se encuentra una preocupación esencial: ¿cómo representar aquello que, por su propia naturaleza, parece resistirse a ser representado? La violencia deja marcas en los cuerpos, pero también en la memoria, en el lenguaje y en nuestra manera de mirar. Puede convertirse en noticia, estadística, espectáculo o imagen repetida hasta perder su capacidad de afectarnos. Frente a esa anestesia de la mirada, Inés buscó otro camino: no reproducir la violencia como acontecimiento, sino explorar las sensaciones, tensiones y perturbaciones que produce.
La gráfica se convirtió en un territorio de búsqueda. En ella, el trazo gestual adquiere una presencia casi física. Las líneas se acumulan, se cruzan, se interrumpen y vuelven sobre sí mismas; algunas parecen perseguir una figura, mientras otras la desbordan. El dibujo deja de ser únicamente un medio para delinear formas y se convierte en el registro de una acción. Hay algo corporal en ese gesto: una mano que insiste sobre la superficie, que construye y destruye al mismo tiempo.
En las obras de Inés, la figura humana aparece frecuentemente atrapada en esa tensión. Se reconoce un rostro, en ocasiones animal, un cuerpo o un fragmento anatómico, pero inmediatamente la imagen comienza a deshacerse. El contorno se vuelve incertidumbre. La materia gráfica invade la representación. El blanco deja de ser simplemente fondo y adquiere el peso de una ausencia. Esta ambigüedad resulta fundamental: aquello que no alcanzamos a identificar por completo puede inquietarnos más que una imagen cerrada.
La metáfora permite que la violencia abandone el terreno de la ilustración. No se trata de mostrar una escena determinada, sino de construir una experiencia. El contraste entre negros densos y superficies abiertas, entre acumulación y vacío, entre aparición y desaparición, produce un espacio psicológico donde la mirada del espectador debe completar aquello que la obra deja deliberadamente incompleto. La imagen no ofrece una respuesta; coloca al espectador frente a una sensación que no puede resolver con facilidad.
Y entonces Legión aparece.
Ya no únicamente como el nombre de aquel espíritu del relato bíblico, sino como una posibilidad de pensar la violencia desde su condición múltiple. Muchas presencias pueden habitar una sola imagen. Muchos cuerpos pueden aparecer contenidos en un solo cuerpo. Muchas historias pueden concentrarse en un rostro. La multitud puede estar afuera, pero también puede habitar dentro de nosotros como memoria, miedo, deseo, culpa o experiencia.
Esta construcción de la imagen no busca convertir la obra de Inés en una ilustración del relato bíblico. Su fuerza visual está precisamente en la distancia entre ambos. El episodio religioso aporta una imagen originaria: la multiplicidad contenida en una sola presencia. Su propuesta toma ese punto de partida y lo desplaza hacia otro territorio, el de la representación de la violencia. Entre ambos aparece un conflicto importante: ¿cuántas formas de violencia pueden habitar una sola imagen y cuántas imágenes necesitamos para reconocer que forman parte de una misma realidad?
Las obras de Inés no buscan dar respuestas. solamente nos muestran.
Los trazos parecen multiplicarse hasta desbordar la figura. Las líneas forman una especie de campo de fuerzas donde resulta difícil separar cuerpo, espacio y materia. En lugar de una violencia perfectamente identificable, encontramos su rastro. Y el rastro es más persistente que el acontecimiento mismo. Lo ocurrido termina, pero la marca permanece.
La obra de Inés parece comprender esa condición. Cada línea deja una huella. Cada presión sobre la placa produce una transformación. Cada impresión reproduce una imagen y, al mismo tiempo, la convierte en otra. Hay en el propio proceso del grabado una tensión entre permanencia y transformación que dialoga profundamente con el tema investigado: aquello que queremos borrar puede permanecer inscrito.
En una cultura como la que vivimos, donde las imágenes de dolor circulan de manera permanente, esta situación adquiere especial relevancia. Rostros, cuerpos, enfrentamientos, pérdidas. La repetición puede producir una extraña paradoja: mientras más imágenes vemos, menos capaces somos de mirar realmente. Frente a ello, Inés construye imágenes que no buscan facilitar la contemplación. La perturban. La vuelven incompleta. Nos obligan a permanecer frente a ellas.
Hoy esa permanencia adquiere otro valor.
Inés investigó las marcas de la violencia, ahora, ella misma, deja una huella. Su ausencia se une inevitablemente a la exposición, no como un tema añadido, sino como una condición desde la cual observamos su obra. Aquello que antes era una investigación sobre la violencia, las presencias perturbadoras y las imágenes del dolor, ahora dialoga también con el recuerdo de quien produjo esas imágenes.